jueves, 29 de mayo de 2008

Pulsiones

Te seduje con palabras baratas,
palabras que nacen de una boca repleta de ilusión,
de una mente ávida por asemejarse,
una mente de combustión espontánea
que necesita arder para renacer.

Como burbujas nos cultivamos,
nos explotamos... dime:
¿cuánto duran las burbujas?
Las burbujas nacen y se van,
por muy subyugantes o verdes que sean.
Así se formó nuestro torrente,
en las raíces vastas de la sincronía instantánea,
bebiendo la misma fe
en diferentes lugares.

Y este texto forma parte de mi lacra más grande,
arraigada en la lacra más grande
que en mi lacra más grande
se basa.

Yo no sirvo para tirar palabras al río,
por bello que sea,
me doy cuenta
que no merezco ser poeta.
Porque un poeta no espera respuesta,
no busca conseguir con letras
lo que en, en persona,
siglos
le cuesta.

Ni tampoco te merezco a ti,
que no tienes techo,
yo, sumido,
"ad æternum",
en un lecho
de suelo.

No merezco luminosos candiles
porque a mi vera se apagarían.
Ni frescas rosas, hermosos dones
que transformaría,
con mi energía,
en viles.

No merezco hacer poesía
y, sin embargo,
ya me ves, obsesionado
con la métrica y la rima.

Ni merezco el beso que flotaba en el ambiente,
el beso aquel que nacía en tu sonrisa
y que volaba,
a ras de suelo y despreocupado,
serpenteando
entre la gente.

El beso que llegó después en forma de idea,
el beso conceptual
que tendré cuan más yo sea.

Beso que me besó en la conciencia,
como bálsamo de años hirientes,
reconociendo mis virtudes
aun sin hacerlas patentes.

No merezco ni una sola de tus letras,
por demandarlas:
exigir rompe la esencia.
Y si la mía es el pedir,
pues nada,
sin más:
maldito sea.

Invadido por una locura quietud,
un microverso de vacíos
enchidos
de autoimposiciones,
de falta de proposiciones,
de tormentas de respiraciones rápidas,
humo y sudor,
temblor
hedor de máquinas.

Ahí es donde me formo:
en una calavera negra
donde las estrellas astillan,
en una adormidera seca
donde mis luces no brillan.

Y tú, sin más ataduras
que las que te lancen,
que las que te nacen;
te has insertado,
cual droga dura,
en los minutos de mis segundos,
en los tormentos y en mi espesura.
¡Cómo iba a ser el único
que agarrase tu hermosura!

Si es tan evidente,
tan excelsa, tal soltura
que el que no ve te siente
(quien no te conoce, te busca)
y yo lo hago
con febril premura.

Con ansias enfermas de un corazón erosionado,
con dientes afilados
como selvas,
que suspiran
por que mi pasión se yerga.

Cómo voy a escribirte versos tersos
si la ignorancia anida en mis arrugas;
si alardo de ineptitud
entre bastiones inmensos de dudas.

Cómo captar tu inocencia,
forjada en maletas y viajes,
con mis armas,
que reinan parajes
de desazón e impaciencia.

Si mi alma se coge con pinzas
y escribo sin pies ni cabeza
acerca del rayo de luz entre la maleza
que con grueso gris todo lo pinta.

Por eso a ti no puedo cantarte,
las mariposas no pueden tocarse;
sólo espera a que me canse:
dejaré de molestarte.

Que este rey se destrona
con una cadencia envidiable,
y un ritmo frenético,
que ocasiona
vértigos irrenunciables
escalando en el vapor:
trabas cada vez que hable.

Sería osado pretenderte,
canción perfecta
del momento indicado.

El problema ha sido verte,
si no,
nada de esto habría pasado.

No estaría ahora tenso,
luchando por escuchar tu voz entre mis dedos;
añadiendo a mi guerra sujetos
y encabezándote en mis predicados.

Me planteo despedirme, mírame,
aun sin haberme mostrado,
pues tal es la convicción
que siente mi corazón
de haberte decepcionado.

Por las palabras que no te dije,
por los minutos que hemos callado,
porque la suerte hay que buscarla
antes de echar los dados.

Y yo no puedo ser uno más,
yo no puedo ser invitado;
soy la estrella en este mundillo
de ojos negros y apagados.

Aunque tenga ciertos colores,
los que tengo son regalados.
Además, lo único
que se contagia
son los temores.

No esperes nunca jardín mojado
de ineficiencias y ardores lentos,
déjame a mí, experimentado
en desterrar de mis manos cientos

de sonrisas y de esperanzas,
de ternuras y claridades;
hago del amor matanzas,
de heridas y sal, verdades

que luego oculto por los rincones,
entre mis pliegues viejos
(no por edades).
Las amistades
y los consejos
hoy ya están lejos,
inalcanzables,
como mis dones,
tan miserables.

De puerto a puerta has de encontrarte,
en diferentes sitios y lenguas;
yo, a veinte mil leguas
de submarinos viajes,
contemplaré tus progresos,
permíteme contemplarte.

Si no me escuchas,
si,
por lo que sea,
algo ves en mí:
piensa en una cosa,
yo quiero que veas
que el cristal en manos torpes
es como una panacea,
una utopía o sutilidad:
margaritas en bocas cerdas.

Y si es cierto que soy
luz estival que en tu dormir irrumpe,
sírvate pues para razonar
que ni retuve ni tuve.

¿Cómo podría hacerte brillar
si estoy más sucio que el propio infierno,
si mi perfume es azufre
y mi actitud la de un muerto?

Muerto pero no parado.
Mi único músculo: la mano
pelea por quitar la razón
que ahora ahoga mi efigie.

De emociones el entramado
que enmaraña la esfinge
imperante en mi soledad:
"¿dónde estás, calor humano?"

Y, fíjate, recorro
todos los medios en los que puedes estar,
te voy buscando
entre mis redes
¿o son mis manos?
y te sucedes
(cordura en vano)
entre sonrisas ajenas
y superiores
yemas y tallos.

Entonces yo me pregunto:
esto, ¿podrás aguantarlo?
es inherente a mí,
debes tenerlo claro
aunque
seguramente te asuste
tal tempestad en letras
y emociones sin reposar:
mis vísceras expuestas
(para que juzgues a voluntad)

Si me lleno, normalmente me colapso,
parecido a lo que tú decias, pero,
perdona, así suena menos falso.

Ya no sé ni lo que llevo,
ya no sé qué te he contado
pero insisto en una idea:
me animaste a ser yo mismo
y esto es: virulencia, espontaneidad,
ganas, sentir, terquedad,
fulgor extraño, y,
entre manos,
bajo palabras,
humo cercano:
sinceridad.

lunes, 26 de mayo de 2008

Melodía de la autoconfianza.

Suspiro que se entretiene hablando con la arena del reloj vacío, reloj del tiempo de lugares que imperan sobre la columna del abrazo del círculo del ímpetu que sonríe ante la lluvia tímida.
Estiró el dedo el recién amado creyendo que su nervio saciaría el desdén con que la tierra se movía: en círculos concéntricos sobre el propio eje del Destino; en espirales suaves sobre el lucero hiriente del Alivio; a borbotones dulces sobre la mano izquierda de la Crudeza; sin redención posible dentro del vértice del Olvido.
Cambió de mueca cuando otra idea le sobrevino: contar espejos de margaritas sobre los sinos. "Una par impar, un vaso de vino; una soledad, un guiño furtivo".

- Mira qué tormentas de algodón y lino, mira qué tormentas, ella anoche vino.

[Ábreme los ojos y las manos, quiero oírte. Barrerás mis dudas de puntillas, sutilmente sobre mar de agu(j)as dulces.]

Ven, y dime:
¿Por qué yo? Si sólo existo. Si ni siquiera sé volar bajo la tierra. Si no he vivido aún volcanes escarlata. Si amo la ternura tanto que sentir me mata.
Todo lo que creí, entonces, todo lo que creé, se convirtión en un halo dulce de chocolate y mandarina, y las barreras cedieron amablemente su camino. Cambié de disco en ese instante, al Ataque Masivo, y con las tres melodías y los varios sentidos; las copas, los triunfos, y el sabor a Vida, tiñeron mi nombre en el horizonte.
Supe calmar mi quietud mojada, arrancar las trabas de mis derroches; de noche, fue, creyendo ver hadas, cuando compuse mi alma con siete broches.
Por cada nota uno, y en la semana, uno al día, dia por broche. En los colores mágicos del puente noble, broche por franja de melancolía.
Del cielo al mar, todo recorría huyendo de espíritus y fantoches. Mi espina dorsal, y mi energía, seguras ambas del calor sincero, insistiéndome en pelear por lo que quiero, confiaron en mí. Y así, y sólo así, gané partidas.
La de la Desidia, por grande, tosca y cansina; la de Soledad, por consecuencias dañinas; la de la Ilusión (a ésta la hice amiga) y la de Pasión, pa' volverla tibia.

Sobre mi altar, con los pies colgando, la media sonrisa "marca registrada", observé la escena: todos mis Yo's luchando y derrotando traumas, rompiendo barreras, ilimitando mis sensaciones.
Ganábamos, todos, porque siempre lo hemos sabido, y porque nos lo creímos. Yo seguía sonriendo viéndome ganar, estaba igual que hoy, con la misma ropa, las manos a ambos lados de las piernas y con luz, mucha luz, y sensibilidad, y confianza, y alivio, y sin esperar nada venidero, ni rematando nada, simplemente paladeando las esquinas (ahora más curvadas) de los caminos hipotéticos, la sedosa esfera de la locura, el campaneo "Re-Fa-La" de la presencia del cariño.
Me creí.
Y entonces se hizo.