Creció, desde entonces,
un sentimiento de sentir;
de tocar tus esquinas curvas y desnudas
con la misma fragilidad y atención
con que el rocío cae en la telaraña.
·
Ansia, ¡Oh, Ansia!
de esculpir la sonrisa en tus Artes;
Diamante descolorido,
que brillas con ilusión eterna
pero con poca fuerza.
·
Ganas de volverte a ver,
con ese afán tan milenario
como soberbio, de creer
que aquel día es repetible.
·
Las Ganas que me pierden:
vendo el oso sin cazador ser
y te juro que respeto el Tiempo,
pero, si algo es tan hermoso
y tan mágico el primer momento,
¿no es normal que tenga sed?
·
··· Entonces descubrí que juegas con cortinas lisas;
te vi enhebrando en oro y fruta amarilla los retales de tu corazón aún vibrante.
Tu corazón me miró también,
yo estaba escondido en la esencia de tu flor más antigua,
y me guiñó una aurícula,
muy cómplice él.
Le dije con mi respuesta
que gracias por haberme reconocido,
que siempre supe que se acordaría de mí
tras aquella vida tan inseparables;
que esta vez iba a hacerlo igual o incluso mejor que la anterior,
que Yo seguiría siendo Yo:
el diferente al vulgo,
el que siente,
se enternece,
se preocupa,
colabora,
intenta.
·
Tu corazón sabía que yo era igual que entonces,
igual de diferente al resto de remaches apuntalados en todo él;
y tan sangrantes.
Así que siguió confiándome la llave de tus truenos;
así como no podrás jamás tocar una pompa de jabón sin estar enjabonado,
penetrar tu burbuja requiere empaparse con tus excesos (tan poco negros),
cosa que haré encantado.
___________________________
¿Sabes que apenas oigo tu voz ya la olvido?
Como si fuera arena deslizándose,
escurriéndose
entre mis dedos inertes, casi muertos.
Planto flores con la semilla de tu nombre doquiera voy;
elogiando tus virtudes bisesionales.
Y me caigo por no caer en ti,
cuánto me cuesta asumir que,
para complacerte,
debo luchar por no luchar;
y mis sentidos arden,
y toda mi piel y mi mente gritan desesperadas;
y todos mis ojos te reinventan en cada bocanada de aire seco que disecciono;
y a tu imagen (tan difusa) trato de aferrarme como un bebé al seno materno...
··· Quizá incendie los rincones de tu herida profunda
con estas letras tan directas,
pero mi estela trata de buscarse entre tus blancas pieles,
serena ignota,
y no, no llamas...
domingo, 22 de junio de 2008
jueves, 19 de junio de 2008
Analizando Diamante.
Analizando...
pronto noté el balanceo de tus hilos de viva tela
y quise recordar,
segundo a minuto,
cada gesto que el juego nos brindó sobre una oliva de nácar.
Sólo se agolpan imágenes pobres, tan tullidas y trilladas,
sobre mi sien eterna, regaliz de gónada inconexa.
Y el caso es que en las horas se fueron los años:
volví a ver el mí como real y todo lo no nuestro,
lo no nosotros,
pasó de largo y puso un poso de paso en el piso de pasa reverdeciente por serte pisado.
Alimento de fe en mis geniales genes,
saltos secos sin sacar sal salvo saliva liviana nacida dando dolores rescatados, oscuramente tenaces,
esquivando, mientras, tú,
las preguntas que te respondían.
Analizando, quise recordar
cuánto todo de mi ser y cuánto ser de mi todo
había en cada verso en dedo;
porque no creí acariciarte, Diamante,
te calibraba;
tal vez mi Dios estuviera gozando y yo supiera saber a ti.
Como una blanca cama manejé genial algunos trazos de tu silueta excelsa.
Como una estría en plata pura (que no virgen) asomé en ti dúctiles dátiles, útiles frágiles que creyeron ser espuma de tus otrora glaciares.
Analizando, el balanceo
nervioso de tu nuez de aroma y fresa,
de tu plumada nuez,
de tu poblada fresa;
entreví un rescoldo de tintineo grácil.
¿Sabes, como la piel que estira su dorado margen y sujeta los días entre pares de padres?
Es tanta fuerza que al pensar vivo morir.
Tanta fuerza, tanta,
que escupa donde escupa siempre caerá en medio de lava.
Incluso, tanta,
que arroparé al cielo con semblante desquiciado y le haré la mueca fúnebre si es que te aciertas al no escucharte.
De imágenes pobres, bombillas ajadas y de esclavos lentos,
u hogueras cerca,
tal vez juntas, quizá Nunca sea una noción perfecta para dejar el Todo.
Tasé (te);
tasé, tosí y te besé.
Tasé, besé y rebusqué
en mi sed celular
la red medular
de tal festival
de carne en hielos encerezados.
Me desplegué,
cantó otra vez mi piel por los momentos
de tantos y tantos lunares bailes,
te supe amar;
en mi cabeza: todos de acuerdo.
Entonces trajiste el alma envuelta en tu muñeca para yo desvestirte y tú desnudarte
y yo sorprenderte y tú celebrarte pero hubo ese beso; el principio previo al antes del comienzo (lluvia de rosas rocas) que ordenó a ambos recordar las "Carpas" y los "Dimes",
así que dime tú si el Mar se encerró en tus labios
y por ello cautivó con frente abrupta y dulzona mi humanidad que patinaba naves.
Sería por menos de la cercanía bruta,
Asáltame en estos guiños,
donde todos te admiran.
Donde yo te suspiro.
pronto noté el balanceo de tus hilos de viva tela
y quise recordar,
segundo a minuto,
cada gesto que el juego nos brindó sobre una oliva de nácar.
Sólo se agolpan imágenes pobres, tan tullidas y trilladas,
sobre mi sien eterna, regaliz de gónada inconexa.
Y el caso es que en las horas se fueron los años:
volví a ver el mí como real y todo lo no nuestro,
lo no nosotros,
pasó de largo y puso un poso de paso en el piso de pasa reverdeciente por serte pisado.
Alimento de fe en mis geniales genes,
saltos secos sin sacar sal salvo saliva liviana nacida dando dolores rescatados, oscuramente tenaces,
esquivando, mientras, tú,
las preguntas que te respondían.
Analizando, quise recordar
cuánto todo de mi ser y cuánto ser de mi todo
había en cada verso en dedo;
porque no creí acariciarte, Diamante,
te calibraba;
tal vez mi Dios estuviera gozando y yo supiera saber a ti.
Como una blanca cama manejé genial algunos trazos de tu silueta excelsa.
Como una estría en plata pura (que no virgen) asomé en ti dúctiles dátiles, útiles frágiles que creyeron ser espuma de tus otrora glaciares.
Analizando, el balanceo
nervioso de tu nuez de aroma y fresa,
de tu plumada nuez,
de tu poblada fresa;
entreví un rescoldo de tintineo grácil.
¿Sabes, como la piel que estira su dorado margen y sujeta los días entre pares de padres?
Es tanta fuerza que al pensar vivo morir.
Tanta fuerza, tanta,
que escupa donde escupa siempre caerá en medio de lava.
Incluso, tanta,
que arroparé al cielo con semblante desquiciado y le haré la mueca fúnebre si es que te aciertas al no escucharte.
De imágenes pobres, bombillas ajadas y de esclavos lentos,
u hogueras cerca,
tal vez juntas, quizá Nunca sea una noción perfecta para dejar el Todo.
Tasé (te);
tasé, tosí y te besé.
Tasé, besé y rebusqué
en mi sed celular
la red medular
de tal festival
de carne en hielos encerezados.
Me desplegué,
cantó otra vez mi piel por los momentos
de tantos y tantos lunares bailes,
te supe amar;
en mi cabeza: todos de acuerdo.
Entonces trajiste el alma envuelta en tu muñeca para yo desvestirte y tú desnudarte
y yo sorprenderte y tú celebrarte pero hubo ese beso; el principio previo al antes del comienzo (lluvia de rosas rocas) que ordenó a ambos recordar las "Carpas" y los "Dimes",
así que dime tú si el Mar se encerró en tus labios
y por ello cautivó con frente abrupta y dulzona mi humanidad que patinaba naves.
Sería por menos de la cercanía bruta,
Asáltame en estos guiños,
donde todos te admiran.
Donde yo te suspiro.
jueves, 29 de mayo de 2008
Pulsiones
Te seduje con palabras baratas,
palabras que nacen de una boca repleta de ilusión,
de una mente ávida por asemejarse,
una mente de combustión espontánea
que necesita arder para renacer.
Como burbujas nos cultivamos,
nos explotamos... dime:
¿cuánto duran las burbujas?
Las burbujas nacen y se van,
por muy subyugantes o verdes que sean.
Así se formó nuestro torrente,
en las raíces vastas de la sincronía instantánea,
bebiendo la misma fe
en diferentes lugares.
Y este texto forma parte de mi lacra más grande,
arraigada en la lacra más grande
que en mi lacra más grande
se basa.
Yo no sirvo para tirar palabras al río,
por bello que sea,
me doy cuenta
que no merezco ser poeta.
Porque un poeta no espera respuesta,
no busca conseguir con letras
lo que en, en persona,
siglos
le cuesta.
Ni tampoco te merezco a ti,
que no tienes techo,
yo, sumido,
"ad æternum",
en un lecho
de suelo.
No merezco luminosos candiles
porque a mi vera se apagarían.
Ni frescas rosas, hermosos dones
que transformaría,
con mi energía,
en viles.
No merezco hacer poesía
y, sin embargo,
ya me ves, obsesionado
con la métrica y la rima.
Ni merezco el beso que flotaba en el ambiente,
el beso aquel que nacía en tu sonrisa
y que volaba,
a ras de suelo y despreocupado,
serpenteando
entre la gente.
El beso que llegó después en forma de idea,
el beso conceptual
que tendré cuan más yo sea.
Beso que me besó en la conciencia,
como bálsamo de años hirientes,
reconociendo mis virtudes
aun sin hacerlas patentes.
No merezco ni una sola de tus letras,
por demandarlas:
exigir rompe la esencia.
Y si la mía es el pedir,
pues nada,
sin más:
maldito sea.
Invadido por una locura quietud,
un microverso de vacíos
enchidos
de autoimposiciones,
de falta de proposiciones,
de tormentas de respiraciones rápidas,
humo y sudor,
temblor
hedor de máquinas.
Ahí es donde me formo:
en una calavera negra
donde las estrellas astillan,
en una adormidera seca
donde mis luces no brillan.
Y tú, sin más ataduras
que las que te lancen,
que las que te nacen;
te has insertado,
cual droga dura,
en los minutos de mis segundos,
en los tormentos y en mi espesura.
¡Cómo iba a ser el único
que agarrase tu hermosura!
Si es tan evidente,
tan excelsa, tal soltura
que el que no ve te siente
(quien no te conoce, te busca)
y yo lo hago
con febril premura.
Con ansias enfermas de un corazón erosionado,
con dientes afilados
como selvas,
que suspiran
por que mi pasión se yerga.
Cómo voy a escribirte versos tersos
si la ignorancia anida en mis arrugas;
si alardo de ineptitud
entre bastiones inmensos de dudas.
Cómo captar tu inocencia,
forjada en maletas y viajes,
con mis armas,
que reinan parajes
de desazón e impaciencia.
Si mi alma se coge con pinzas
y escribo sin pies ni cabeza
acerca del rayo de luz entre la maleza
que con grueso gris todo lo pinta.
Por eso a ti no puedo cantarte,
las mariposas no pueden tocarse;
sólo espera a que me canse:
dejaré de molestarte.
Que este rey se destrona
con una cadencia envidiable,
y un ritmo frenético,
que ocasiona
vértigos irrenunciables
escalando en el vapor:
trabas cada vez que hable.
Sería osado pretenderte,
canción perfecta
del momento indicado.
El problema ha sido verte,
si no,
nada de esto habría pasado.
No estaría ahora tenso,
luchando por escuchar tu voz entre mis dedos;
añadiendo a mi guerra sujetos
y encabezándote en mis predicados.
Me planteo despedirme, mírame,
aun sin haberme mostrado,
pues tal es la convicción
que siente mi corazón
de haberte decepcionado.
Por las palabras que no te dije,
por los minutos que hemos callado,
porque la suerte hay que buscarla
antes de echar los dados.
Y yo no puedo ser uno más,
yo no puedo ser invitado;
soy la estrella en este mundillo
de ojos negros y apagados.
Aunque tenga ciertos colores,
los que tengo son regalados.
Además, lo único
que se contagia
son los temores.
No esperes nunca jardín mojado
de ineficiencias y ardores lentos,
déjame a mí, experimentado
en desterrar de mis manos cientos
de sonrisas y de esperanzas,
de ternuras y claridades;
hago del amor matanzas,
de heridas y sal, verdades
que luego oculto por los rincones,
entre mis pliegues viejos
(no por edades).
Las amistades
y los consejos
hoy ya están lejos,
inalcanzables,
como mis dones,
tan miserables.
De puerto a puerta has de encontrarte,
en diferentes sitios y lenguas;
yo, a veinte mil leguas
de submarinos viajes,
contemplaré tus progresos,
permíteme contemplarte.
Si no me escuchas,
si,
por lo que sea,
algo ves en mí:
piensa en una cosa,
yo quiero que veas
que el cristal en manos torpes
es como una panacea,
una utopía o sutilidad:
margaritas en bocas cerdas.
Y si es cierto que soy
luz estival que en tu dormir irrumpe,
sírvate pues para razonar
que ni retuve ni tuve.
¿Cómo podría hacerte brillar
si estoy más sucio que el propio infierno,
si mi perfume es azufre
y mi actitud la de un muerto?
Muerto pero no parado.
Mi único músculo: la mano
pelea por quitar la razón
que ahora ahoga mi efigie.
De emociones el entramado
que enmaraña la esfinge
imperante en mi soledad:
"¿dónde estás, calor humano?"
Y, fíjate, recorro
todos los medios en los que puedes estar,
te voy buscando
entre mis redes
¿o son mis manos?
y te sucedes
(cordura en vano)
entre sonrisas ajenas
y superiores
yemas y tallos.
Entonces yo me pregunto:
esto, ¿podrás aguantarlo?
es inherente a mí,
debes tenerlo claro
aunque
seguramente te asuste
tal tempestad en letras
y emociones sin reposar:
mis vísceras expuestas
(para que juzgues a voluntad)
Si me lleno, normalmente me colapso,
parecido a lo que tú decias, pero,
perdona, así suena menos falso.
Ya no sé ni lo que llevo,
ya no sé qué te he contado
pero insisto en una idea:
me animaste a ser yo mismo
y esto es: virulencia, espontaneidad,
ganas, sentir, terquedad,
fulgor extraño, y,
entre manos,
bajo palabras,
humo cercano:
sinceridad.
palabras que nacen de una boca repleta de ilusión,
de una mente ávida por asemejarse,
una mente de combustión espontánea
que necesita arder para renacer.
Como burbujas nos cultivamos,
nos explotamos... dime:
¿cuánto duran las burbujas?
Las burbujas nacen y se van,
por muy subyugantes o verdes que sean.
Así se formó nuestro torrente,
en las raíces vastas de la sincronía instantánea,
bebiendo la misma fe
en diferentes lugares.
Y este texto forma parte de mi lacra más grande,
arraigada en la lacra más grande
que en mi lacra más grande
se basa.
Yo no sirvo para tirar palabras al río,
por bello que sea,
me doy cuenta
que no merezco ser poeta.
Porque un poeta no espera respuesta,
no busca conseguir con letras
lo que en, en persona,
siglos
le cuesta.
Ni tampoco te merezco a ti,
que no tienes techo,
yo, sumido,
"ad æternum",
en un lecho
de suelo.
No merezco luminosos candiles
porque a mi vera se apagarían.
Ni frescas rosas, hermosos dones
que transformaría,
con mi energía,
en viles.
No merezco hacer poesía
y, sin embargo,
ya me ves, obsesionado
con la métrica y la rima.
Ni merezco el beso que flotaba en el ambiente,
el beso aquel que nacía en tu sonrisa
y que volaba,
a ras de suelo y despreocupado,
serpenteando
entre la gente.
El beso que llegó después en forma de idea,
el beso conceptual
que tendré cuan más yo sea.
Beso que me besó en la conciencia,
como bálsamo de años hirientes,
reconociendo mis virtudes
aun sin hacerlas patentes.
No merezco ni una sola de tus letras,
por demandarlas:
exigir rompe la esencia.
Y si la mía es el pedir,
pues nada,
sin más:
maldito sea.
Invadido por una locura quietud,
un microverso de vacíos
enchidos
de autoimposiciones,
de falta de proposiciones,
de tormentas de respiraciones rápidas,
humo y sudor,
temblor
hedor de máquinas.
Ahí es donde me formo:
en una calavera negra
donde las estrellas astillan,
en una adormidera seca
donde mis luces no brillan.
Y tú, sin más ataduras
que las que te lancen,
que las que te nacen;
te has insertado,
cual droga dura,
en los minutos de mis segundos,
en los tormentos y en mi espesura.
¡Cómo iba a ser el único
que agarrase tu hermosura!
Si es tan evidente,
tan excelsa, tal soltura
que el que no ve te siente
(quien no te conoce, te busca)
y yo lo hago
con febril premura.
Con ansias enfermas de un corazón erosionado,
con dientes afilados
como selvas,
que suspiran
por que mi pasión se yerga.
Cómo voy a escribirte versos tersos
si la ignorancia anida en mis arrugas;
si alardo de ineptitud
entre bastiones inmensos de dudas.
Cómo captar tu inocencia,
forjada en maletas y viajes,
con mis armas,
que reinan parajes
de desazón e impaciencia.
Si mi alma se coge con pinzas
y escribo sin pies ni cabeza
acerca del rayo de luz entre la maleza
que con grueso gris todo lo pinta.
Por eso a ti no puedo cantarte,
las mariposas no pueden tocarse;
sólo espera a que me canse:
dejaré de molestarte.
Que este rey se destrona
con una cadencia envidiable,
y un ritmo frenético,
que ocasiona
vértigos irrenunciables
escalando en el vapor:
trabas cada vez que hable.
Sería osado pretenderte,
canción perfecta
del momento indicado.
El problema ha sido verte,
si no,
nada de esto habría pasado.
No estaría ahora tenso,
luchando por escuchar tu voz entre mis dedos;
añadiendo a mi guerra sujetos
y encabezándote en mis predicados.
Me planteo despedirme, mírame,
aun sin haberme mostrado,
pues tal es la convicción
que siente mi corazón
de haberte decepcionado.
Por las palabras que no te dije,
por los minutos que hemos callado,
porque la suerte hay que buscarla
antes de echar los dados.
Y yo no puedo ser uno más,
yo no puedo ser invitado;
soy la estrella en este mundillo
de ojos negros y apagados.
Aunque tenga ciertos colores,
los que tengo son regalados.
Además, lo único
que se contagia
son los temores.
No esperes nunca jardín mojado
de ineficiencias y ardores lentos,
déjame a mí, experimentado
en desterrar de mis manos cientos
de sonrisas y de esperanzas,
de ternuras y claridades;
hago del amor matanzas,
de heridas y sal, verdades
que luego oculto por los rincones,
entre mis pliegues viejos
(no por edades).
Las amistades
y los consejos
hoy ya están lejos,
inalcanzables,
como mis dones,
tan miserables.
De puerto a puerta has de encontrarte,
en diferentes sitios y lenguas;
yo, a veinte mil leguas
de submarinos viajes,
contemplaré tus progresos,
permíteme contemplarte.
Si no me escuchas,
si,
por lo que sea,
algo ves en mí:
piensa en una cosa,
yo quiero que veas
que el cristal en manos torpes
es como una panacea,
una utopía o sutilidad:
margaritas en bocas cerdas.
Y si es cierto que soy
luz estival que en tu dormir irrumpe,
sírvate pues para razonar
que ni retuve ni tuve.
¿Cómo podría hacerte brillar
si estoy más sucio que el propio infierno,
si mi perfume es azufre
y mi actitud la de un muerto?
Muerto pero no parado.
Mi único músculo: la mano
pelea por quitar la razón
que ahora ahoga mi efigie.
De emociones el entramado
que enmaraña la esfinge
imperante en mi soledad:
"¿dónde estás, calor humano?"
Y, fíjate, recorro
todos los medios en los que puedes estar,
te voy buscando
entre mis redes
¿o son mis manos?
y te sucedes
(cordura en vano)
entre sonrisas ajenas
y superiores
yemas y tallos.
Entonces yo me pregunto:
esto, ¿podrás aguantarlo?
es inherente a mí,
debes tenerlo claro
aunque
seguramente te asuste
tal tempestad en letras
y emociones sin reposar:
mis vísceras expuestas
(para que juzgues a voluntad)
Si me lleno, normalmente me colapso,
parecido a lo que tú decias, pero,
perdona, así suena menos falso.
Ya no sé ni lo que llevo,
ya no sé qué te he contado
pero insisto en una idea:
me animaste a ser yo mismo
y esto es: virulencia, espontaneidad,
ganas, sentir, terquedad,
fulgor extraño, y,
entre manos,
bajo palabras,
humo cercano:
sinceridad.
lunes, 26 de mayo de 2008
Melodía de la autoconfianza.
Suspiro que se entretiene hablando con la arena del reloj vacío, reloj del tiempo de lugares que imperan sobre la columna del abrazo del círculo del ímpetu que sonríe ante la lluvia tímida.
Estiró el dedo el recién amado creyendo que su nervio saciaría el desdén con que la tierra se movía: en círculos concéntricos sobre el propio eje del Destino; en espirales suaves sobre el lucero hiriente del Alivio; a borbotones dulces sobre la mano izquierda de la Crudeza; sin redención posible dentro del vértice del Olvido.
Cambió de mueca cuando otra idea le sobrevino: contar espejos de margaritas sobre los sinos. "Una par impar, un vaso de vino; una soledad, un guiño furtivo".
- Mira qué tormentas de algodón y lino, mira qué tormentas, ella anoche vino.
[Ábreme los ojos y las manos, quiero oírte. Barrerás mis dudas de puntillas, sutilmente sobre mar de agu(j)as dulces.]
Ven, y dime:
¿Por qué yo? Si sólo existo. Si ni siquiera sé volar bajo la tierra. Si no he vivido aún volcanes escarlata. Si amo la ternura tanto que sentir me mata.
Todo lo que creí, entonces, todo lo que creé, se convirtión en un halo dulce de chocolate y mandarina, y las barreras cedieron amablemente su camino. Cambié de disco en ese instante, al Ataque Masivo, y con las tres melodías y los varios sentidos; las copas, los triunfos, y el sabor a Vida, tiñeron mi nombre en el horizonte.
Supe calmar mi quietud mojada, arrancar las trabas de mis derroches; de noche, fue, creyendo ver hadas, cuando compuse mi alma con siete broches.
Por cada nota uno, y en la semana, uno al día, dia por broche. En los colores mágicos del puente noble, broche por franja de melancolía.
Del cielo al mar, todo recorría huyendo de espíritus y fantoches. Mi espina dorsal, y mi energía, seguras ambas del calor sincero, insistiéndome en pelear por lo que quiero, confiaron en mí. Y así, y sólo así, gané partidas.
La de la Desidia, por grande, tosca y cansina; la de Soledad, por consecuencias dañinas; la de la Ilusión (a ésta la hice amiga) y la de Pasión, pa' volverla tibia.
Sobre mi altar, con los pies colgando, la media sonrisa "marca registrada", observé la escena: todos mis Yo's luchando y derrotando traumas, rompiendo barreras, ilimitando mis sensaciones.
Ganábamos, todos, porque siempre lo hemos sabido, y porque nos lo creímos. Yo seguía sonriendo viéndome ganar, estaba igual que hoy, con la misma ropa, las manos a ambos lados de las piernas y con luz, mucha luz, y sensibilidad, y confianza, y alivio, y sin esperar nada venidero, ni rematando nada, simplemente paladeando las esquinas (ahora más curvadas) de los caminos hipotéticos, la sedosa esfera de la locura, el campaneo "Re-Fa-La" de la presencia del cariño.
Me creí.
Y entonces se hizo.
Estiró el dedo el recién amado creyendo que su nervio saciaría el desdén con que la tierra se movía: en círculos concéntricos sobre el propio eje del Destino; en espirales suaves sobre el lucero hiriente del Alivio; a borbotones dulces sobre la mano izquierda de la Crudeza; sin redención posible dentro del vértice del Olvido.
Cambió de mueca cuando otra idea le sobrevino: contar espejos de margaritas sobre los sinos. "Una par impar, un vaso de vino; una soledad, un guiño furtivo".
- Mira qué tormentas de algodón y lino, mira qué tormentas, ella anoche vino.
[Ábreme los ojos y las manos, quiero oírte. Barrerás mis dudas de puntillas, sutilmente sobre mar de agu(j)as dulces.]
Ven, y dime:
¿Por qué yo? Si sólo existo. Si ni siquiera sé volar bajo la tierra. Si no he vivido aún volcanes escarlata. Si amo la ternura tanto que sentir me mata.
Todo lo que creí, entonces, todo lo que creé, se convirtión en un halo dulce de chocolate y mandarina, y las barreras cedieron amablemente su camino. Cambié de disco en ese instante, al Ataque Masivo, y con las tres melodías y los varios sentidos; las copas, los triunfos, y el sabor a Vida, tiñeron mi nombre en el horizonte.
Supe calmar mi quietud mojada, arrancar las trabas de mis derroches; de noche, fue, creyendo ver hadas, cuando compuse mi alma con siete broches.
Por cada nota uno, y en la semana, uno al día, dia por broche. En los colores mágicos del puente noble, broche por franja de melancolía.
Del cielo al mar, todo recorría huyendo de espíritus y fantoches. Mi espina dorsal, y mi energía, seguras ambas del calor sincero, insistiéndome en pelear por lo que quiero, confiaron en mí. Y así, y sólo así, gané partidas.
La de la Desidia, por grande, tosca y cansina; la de Soledad, por consecuencias dañinas; la de la Ilusión (a ésta la hice amiga) y la de Pasión, pa' volverla tibia.
Sobre mi altar, con los pies colgando, la media sonrisa "marca registrada", observé la escena: todos mis Yo's luchando y derrotando traumas, rompiendo barreras, ilimitando mis sensaciones.
Ganábamos, todos, porque siempre lo hemos sabido, y porque nos lo creímos. Yo seguía sonriendo viéndome ganar, estaba igual que hoy, con la misma ropa, las manos a ambos lados de las piernas y con luz, mucha luz, y sensibilidad, y confianza, y alivio, y sin esperar nada venidero, ni rematando nada, simplemente paladeando las esquinas (ahora más curvadas) de los caminos hipotéticos, la sedosa esfera de la locura, el campaneo "Re-Fa-La" de la presencia del cariño.
Me creí.
Y entonces se hizo.
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